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JAVIER DOMÍNGUEZ RODRIGO
Tras décadas de debate sobre la devastación ambiental causada por el sprawl -crecimiento disperso, en mancha de aceite del hinterland-, los norteamericanos han redescubierto que la ciudad compacta no sólo es más verde, sino mucho más eficaz energética y territorialmente.
El siglo XXI ha supuesto el fin de la utopía de Howard y el abandono del modelo despilfarrador de las urbanizaciones de baja densidad. Cuando el cambio climático deviene en uno de los principales problemas, la ciudad densa, la que menos energía per cápita consume, es la solución.
El calentamiento global y el efecto invernadero han alimentado el nuevo discurso de la "sostenibilidad" con que se han rebautizado las inquietudes ecológicas y sociales. Y la reconsideración de las bondades de la concentración urbana ha devuelto a Nueva York la capitalidad arquitectónica del planeta.
Salvando las distancias con esa nueva Babilonia del downtown y los rascacielos, no puede sorprendernos el interés que hoy suscita Benidorm, auténtica meca del turismo asequible de masas, e icono junto con Las Vegas de la industria del ocio merced a "perpetuos sanfermines urbanos y playeros" en palabras de José Miguel Iribas.
Los rascacielos han dejado de ser nocivos generadores de deseconomías de aglomeración (sobredensificación, saturación viaria, despilfarro energético, expulsiones sociales asociadas...) y extraculturales a nuestra tradición urbanística mediterránea, para encandilar con sus fálicas dimensiones y magia totémica a los políticos, deseosos de convertir la ciudad en un orgasmo de sensaciones para los codiciados turistas.
Lejana queda la desaparición el 11-S de uno de los más universales iconos del poder, las Torres Gemelas, que cambió el mundo y abrió un debate sin precedentes sobre la funcionalidad y razón de ser de la edificación en altura, al margen de su vulnerabilidad al terrorismo y al fuego.
Pero, pese al horror de la tragedia y a la fragilidad de aquel coloso hoy en la zona cero, se está levantando un conjunto más alto y desafiante: ¿patriotismo o pragmatismo inmobiliario?
En cualquier caso, el reino de los cielos siempre ha estado en permanente disputa. Incluso en plena guerra fría, el bloque soviético deslumbró a Occidente con sus torres de telecomunicaciones, como la de Ostankino de 536 metros, la Fernsehturm berlinesa de 365 o la torre cónica de Jested del arquitecto Karel Hubacek.
La arquitectura deviene con facilidad en reposo del guerrero y codiciado objeto de deseo del político, ávido de dejar alguna huella si no en la historia al menos sí en la geografía.
No puede, por tanto, sorprendernos la rápida respuesta valenciana al nuevo desafío madrileño-catalán. Porque ante el embrujo seductor de la torre Agbar de Nouvel y de las cuatro torres Business Area de Rubio y Álvarez-Sala (Sacyr), Pei (Espacio), Foster (Caja Madrid) y Pelli (Torre de Cristal), urgía una réplica del Cap i Casal, que garantizara un abultado rédito icónico.
Así surgieron las "tres torres" con que Santiago Calatrava proponía completar su Ciudad de las Ciencias (y de las Artes), que nacida para ser el emblema de la gestión pública socialista -Lerma- acabaría siéndolo para los populares. Al fin y al cabo, el autor de la oscarizada Turning Torso tenía una deuda pendiente desde que su ciudad natal girara a la derecha y la mudanza política se llevara su "pirulí".
No obstante, dado el actual descalabro financiero del dream team de los constructores y señores inmobiliarios locales, las "tres torres", símbolo de la pujanza económica de nuestra Comunitat, tendrán que esperar.
Por ello, y cuando el impacto de esos macroproyectos es tan importante, es necesario abrir un debate sobre el modelo propuesto, sus funcionalidades y sus consecuencias, que van mucho más allá de su impacto visual y de su atractivo comercial y simbólico.
Porque ¿están seguros de que ese es el emplazamiento idóneo tanto desde el punto de vista urbanístico (infraestructuras de transporte...) como del skyline y del paisaje urbano? ¿Es ese el proyecto icono que Valencia necesita? ¿Es ese el nuevo faro que reconcilia la ciudad con su mar?
Todas las grandes metrópolis europeas han reflexionado sobre su modelo territorial y su skyline. Así, en la city londinense ningún edificio puede superar la altura de la catedral renacentista de San Pablo, obra maestra de Christopher Wren, ni ser visibles desde los patios exteriores de la Torre de Londres.
La arquitectura siempre ha estado marcada por el topos, por el lugar y su contexto, que la arraiga y al que caracteriza. No en vano, los historiadores suelen referirse al Faro de Alejandría como el primer rascacielos de la humanidad. Construido por Alejandro Magno a la entrada del puerto, fue la estructura más alta -200 metros- de la Antigüedad. Alimentado por fuel, su fuego se mantenía encendido día y noche, siendo visible a 50 kilómetros de distancia desde el mar.
Por otro lado, ¿cómo podemos hablar sólo de valores visuales, olvidando el programa de necesidades y los contenidos funcionales? ¿Queremos edificios de uso mixto? ¿O mejor megatorres a modo de pequeñas ciudades -con capacidad para 5.000 personas o más-? Y si el complejo se exilia al extrarradio, ¿quién costeará las abundantes y costosas minusvalías -transporte, servicios...- que generará?
Sería necesario pararse a reflexionar y analizar la cuestión globalmente, máxime cuando el rascacielos moderno tiene ya más de un siglo de existencia. Y mucho ha cambiado el mundo desde que Burnham levantara el Monadnock (1889) o el Flatiron (1899) y desde que Mies construyera la Lever House y el Seagram en Nueva York.
Y los retos actuales en el diseño de rascacielos han evolucionado hacia la mejora de los sistemas de control medioambiental, la incorporación de espacios abiertos y jardines interiores de uso comunitario, la obtención de energía a partir de la fuerza del viento, la materialidad como envoltorio de células fotovoltaicas...
El crisol que supone un obligado tiempo de espera, debería servir para desarrollar los mecanismos e ideas básicas que garanticen desde la planificación y gestión integral, la elección de una estrategia respetuosa, eficiente y sostenible.
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